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Trastornos musculoesqueléticos en el trabajo: ¿afectan a mujeres y hombres por igual?
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Trastornos musculoesqueléticos en el trabajo: ¿afectan a mujeres y hombres por igual?
Vanessa Puig Aventín
Técnica Superior en PRL y fisioterapeuta del Departamento de Formación y Sensibilización en PRL de MC MUTUAL
08/03/2021
Trastornos musculoesqueléticos en el trabajo: ¿afectan a mujeres y hombres por igual?

LOS TRASTORNOS MUSCULOESQUELÉTICOS EN EL TRABAJO

Los trastornos musculoesqueléticos (TME) representan, desde hace años, el problema de salud relacionado con el trabajo más frecuente en Europa. Afectan a trabajadores y trabajadoras de todos los sectores y ocupaciones, y tienen un gran impacto en su calidad de vida, dentro y fuera del trabajo. Además, tienen una importante repercusión económica en el trabajador, la empresa, los servicios sanitarios y el producto interior bruto.

Los TME son de origen multifactorial, con factores de riesgo laborales, extralaborales  e individuales. Dentro de los factores individuales, es importante tener en cuenta el género, ya que los TME no afectan por igual a hombres y mujeres. Los datos lo corroboran.


DATOS Y CIFRAS: LOS TME EN HOMBRES Y MUJERES

Según las estadísticas publicadas por el Ministerio de Trabajo y Economía Social en 2019, 1335 hombres de cada 100.000 sufrieron un accidente de trabajo (AT) con baja por TME. La incidencia en mujeres fue casi la mitad, 672 cada 100.000 trabajadoras. Observamos, además, que los hombres tuvieron más accidentes con consecuencia de TME en todas las partes del cuerpo, a excepción de las cervicales, que fueron ligeramente superiores en mujeres (ver tabla 1).
 

Incidencia accidentes de trabajo con baja en jornada por sobreesfuerzo
Tabla 1. Fuente: Elaboración propia a partir de datos facilitados por la Subdirección General de Estadística y Análisis Sociolaboral del Ministerio de Trabajo y Economía Social.


En el mismo año, 133 trabajadoras de cada 100.000 fueron diagnosticadas de alguna enfermedad profesional (con o sin baja) debido a posturas forzadas o movimientos repetitivos. Los diagnósticos en hombres fueron de 104 por cada 100.000 (ver tabla 2).
 

Incidencia de enfermedades prfesionales provocadas por posturas forzadas y movimientos repetitivos
Tabla 2. Fuente: Estadísticas Enfermedades Profesionales del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, anuario 2019.


El grupo de enfermedades dónde hay una segregación por género más importante es el de "Parálisis de los nervios debido a la presión", donde la incidencia en mujeres es más del doble que en los hombres. Este grupo de enfermedades incluye diversas neuropatías como el síndrome del túnel carpiano.

Si analizamos los TME en población general tomando como referencia la Encuesta Nacional de Salud de España (ENSE, 2017), observamos que las mujeres presentan con mayor frecuencia cervicalgia crónica (el 21,53% frente al 9,73% de hombres) y lumbalgia crónica (el 23,51 % frente al 15,8% de hombres).


DIFERENCIAS EN LA EXPOSICIÓN LABORAL EN HOMBRES Y MUJERES


Trabajos feminizados

En general, hombres y mujeres trabajamos en distintos sectores, ocupaciones y categorías profesionales, por lo que la exposición a los factores ergonómicos también difiere.

Existen ocupaciones altamente feminizadas. Por ejemplo, el 98’02% de los empleados domésticos, el 84,34% del colectivo de enfermería y el 90,6% de técnicos de cuidados auxiliares de enfermería, son mujeres. Los trabajos feminizados presentan principalmente riesgos ergonómicos y psicosociales.


Carga física de trabajo

La división sexual del trabajo hace que los hombres realicen tareas que implican el uso de fuerza o manipulación manual de cargas. Es habitual asociar con los varones las tareas pesadas (con riesgos visibles y un impacto a corto plazo), pero la carga física en las trabajadoras no es ni mucho menos insignificante. Según la VI Encuesta Nacional de Condiciones de Trabajo, el 29% de las mujeres manejan cargas pesadas (en hombres alcanza el 43%) y el 17% levantan o mueven personas (en hombres el porcentaje es del 5%). También se estima que el 34% de mujeres que levantan o mueven personas dependientes no tienen contrato laboral, por lo que si presentan TME derivados de su actividad estos no se reflejarán en las estadísticas de siniestralidad laboral. Esta "masa invisible" de trabajadoras también existe en otros sectores, como el de la agricultura.

Por otro lado, no debemos olvidar que las trabajadoras están más expuestas a movimientos repetitivos de manos y brazos y a las posturas mantenidas.


Diseño ergonómico del puesto de trabajo

También es mayor en mujeres la exposición a factores de riesgo disergonómicos, debido a un diseño del puesto de trabajo que no ha tenido en cuenta la perspectiva de género. Un puesto de trabajo ajustado al 90% del conjunto de la población puede adaptarse inclusive a un porcentaje mayor de hombres, pero mucho inferior de mujeres debido a las diferencias antropométricas.


Los riesgos psicosociales y los TME crónicos

Según la VI Encuesta Nacional de Condiciones de Trabajo, las mujeres están más expuestas a algunos factores de riesgo psicosociales, como son una elevada exigencia emocional y una baja autonomía en el trabajo. En los trabajos precarios predominan las mujeres, lo que implica una mayor inseguridad y una menor retribución por realizar el mismo trabajo (aproximadamente un 22% menos). Ellos, en cambio, están más expuestos al cumplimiento de plazos muy ajustados de tiempo.

Existe una asociación directa entre los factores de riesgo psicosocial y los TME, pudiendo provocar síntomas como mialgia o tensión muscular, entre otros. Los factores psicosociales también son considerados yellow flags, es decir, factores que complican y reducen las posibilidades de recuperación, evolucionando hacia un TME crónico.


¿UNA MISMA EXPOSICIÓN AL RIESGO ERGONÓMICO TIENE DISTINTAS CONSECUENCIAS EN HOMBRE Y MUJERES?

Si asumimos que hombres y mujeres de un mismo estatus ocupacional tienen condiciones de trabajo similares, podemos observar las diferencias en la salud debidas a otros factores, como puede ser el sexo del trabajador. Al hacer este análisis, vemos que los hombres tienen más AT que las mujeres con la misma ocupación, con las únicas excepciones de los técnicos y profesionales científicos e intelectuales y trabajadores de servicios de restauración, personales, protección y vendedores (ver tabla 3).

 

Incidencia de AT con baja en jornada por sobreesfuerzos, según ocupación
Tabla 3. Fuente: Elaboración propia a partir de datos facilitados por la Subdirección General de Estadística y Análisis Sociolaboral del Ministerio de Trabajo y Economía Social.


También observamos que se mantienen las diferencias por zonas corporales de los AT: las trabajadoras tienen más cervicalgias en todos los grupos ocupacionales, excepto las contables y administrativas y las ocupaciones elementales (ver tabla 4).

 

Incidencia AT con baja en jornada por cervicalgia, según ocupación
Tabla 4. Fuente: Elaboración propia a partir de datos facilitados por la Subdirección General de Estadística y Análisis Sociolaboral del Ministerio de Trabajo y Economía Social.

Algunas de las diferencias de salud se pueden explicar, en parte, desde un punto de vista biológico. Por cada hombre con síndrome del túnel carpiano hay 3 mujeres con esta patología y, en la franja de edad de los 40 a 60 años, esta proporción aumenta 10 a 1. Detrás de esta mayor prevalencia encontramos varios motivos:

  • Anatómicos. El canal del carpo femenino es más estrecho, predisponiendo a la compresión del nervio mediano.
  • Hormonales. La retención de líquidos puede aumentar la presión intracanal, especialmente durante la menopausia y el embarazo o por el uso de anticonceptivos anovulatorios.
  • Antecedentes patológicos. El hipotiroidismo y la artrosis son dolencias que se asocian con el síndrome del túnel carpiano y que son más frecuentes en mujeres.


HOMBRES Y MUJERES, ¿TIENEN LA MISMA EXPOSICIÓN A FACTORES DE RIESGO LABORALES?


Horas de trabajo totales

Las mujeres son quienes acumulan más horas de trabajo totales, sumando las actividades remuneradas y las no remuneradas (domésticas y cuidado de familiares). De esta forma, si los hombres, de media, dedican 14 horas semanales a estas actividades no remuneradas (tanto si tienen jornada completa como si tienen jornada parcial), las mujeres dedican 25 horas con jornada completa y, con jornada parcial, hasta 30 horas. Esta doble jornada puede tener un impacto sobre la salud musculoesquelética de las personas.


Actividad física

La práctica regular de actividad física es una de las principales estrategias de prevención de los TME. Según datos de la ENSE, existen diferencias por sexo en la práctica de ejercicio físico, principalmente en el porcentaje de personas que tienen un nivel alto de actividad física (31% de los hombres y el 17’9% de las mujeres). Las mujeres son más sedentarias en su tiempo libre que los hombres, especialmente en las clases sociales menos favorecidas (51’1% de las mujeres frente al 41,5% de los hombres).


REFLEXIONES FINALES

En la gestión de la PRL habitual únicamente se integra la perspectiva de género desde el punto de vista de la biología reproductiva, ligado a la prevención del riesgo durante el embarazo y la lactancia. Es necesario un cambio de paradigma en las ciencias de la salud, incluida la salud laboral, donde se integre la perspectiva de género desde un punto de vista más amplio. Se deben tener en cuenta los factores fisiológicos, antropométricos, hormonales y sociales.

Sabemos que las mujeres tienen una prevalencia mayor de TME crónicos en todos los rangos de edad. En los TME de origen laboral observamos que los hombres tienen más AT y las mujeres más EP. Esto nos indica que los TME de las trabajadoras pueden pasar más inadvertidos, y que para prevenirlos deberemos tener en cuenta la exposición a largo plazo. Tampoco debemos olvidar que las mujeres cambian menos de puesto de trabajo durante su vida laboral, por lo que están expuestas más tiempo a los mismos riesgos ergonómicos y psicosociales.

El punto de inicio para que las empresas puedan incluir la perspectiva de género en la PRL será el análisis de la siniestralidad y los datos epidemiológicos, que deberán recoger sistemáticamente la información desagregada por sexo. En la medida de lo posible, el enfoque de género en la gestión de la salud se debe integrar en todas las actividades de los servicios de prevención (evaluación de riesgos, vigilancia de la salud, diseño de puestos de trabajo, ergonomía participativa, etc.). La variable sexo es una de las múltiples variables que se deberían tener en cuenta en la prevención de los TME para proteger de forma eficaz al mayor porcentaje posible de población trabajadora, sin perder de vista el principio de no discriminación.

 

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